Primera crónica desde Pushkin: hemos empezado con muchas ganas

  • 07/07/2019

Parecía una tierra normal aquella con la que se topó nuestro avión cuando logró atravesar la cortina de nubes que nos separaba del mundo. Parecía mentira que estuviéramos sobrevolando la antigua nación de los zares, de los soviets y desde hace diez años, la nación que desde el colegio Retamar hemos decidido cambiar.

El día 30 de junio llegamos al aeropuerto de San Petersburgo seis alumnos junto con don Alberto, para que realizar todos los preparativos. Nuestros nombres, Diego Zuloaga, José Manuel Cruz, Jaime de Gregorio, Jaime Pascual, Miguel Pérez y Jaime Alonso de Velasco. Pronto conocimos a don Quico, que lleva 17 años como párroco en la ciudad de Pushkin. Hasta que llegaron los demás, pudimos compartir mucho tiempo y varias comidas en las que conocimos la gastronomía rusa e historias de uno de los pocos hombres que sostienen la aún naciente Iglesia católica en este inmenso país.

Una de las cosas más difíciles en Rusia es la comunicación. Con un lenguaje gestual imaginativo, Google traductor y mucha paciencia es posible suplir nuestro escaso conocimiento de la lengua de Tolstoi y Dostoievski. Pronto surgieron las preguntas interesantes, propias de jóvenes con curiosidad y escasas horas de sueño: ¿Cuál es el perímetro de Rusia? ¿Y la esperanza de vida? ¿Es un mito que en Rusia hay muchos Dimitris? En la mayoría de los casos fueron contestadas con una carcajada.

El día D a la hora h (4 de julio a la 1 de la mañana) se escuchó el estruendo de la horda de maletas que se aproximaba lentamente a la residencia donde Jaime Pascual, Miguel Pérez, Diego Zuloaga y yo les aguardábamos con cierto nerviosismo. Los demás integrantes de la avanzadilla ya se habían instalado en el seminario y el barracón, los otros lugares del campo de trabajo, unos días antes.

Al día siguiente, después de vaciar varios boles gigantes de cereales y numerosos bricks de leche, tuvimos la primera Misa del campo de trabajo en Pushkin, celebrada por don Enrique Parada. Después comenzó el trabajo. Hemos comenzado diversas obras en la iglesia con una energía que ninguno de nosotros creía poseer. Ya empezamos a dominar la fabricación del hormigón, la destrucción de muros, la limpieza y traslado de escombros y los trabajos de conservación de vigas de madera.

El sábado trabajamos solo por la mañana y después nos trasladamos en metro a la ciudad de San Petersburgo, la ciudad de las noches blancas, que conserva en los muros de sus palacios e iglesias monumentales recuerdos de una historia con mayúsculas, escrita con la sangre y el fuego que aún tiñe el horizonte de la ciudad durante el largo ocaso enmarcado por el Puente de Palacio.

Hoy hemos acudido a la Misa dominical junto a los católicos rusos de los alrededores. Hasta las 6 de la tarde, el plan ha consistido en recorrer los inabarcables jardines de Catalina la Grande y Alejandro. Después ha habido un rato de deporte para algunos y de merecida siesta para otros. Durante estos días el ambiente ha sido envidiable, con un gran espíritu de servicio y de trabajo. Cabe destacar el papel de los cocineros, Javier Castañeda y Carlos Arocena en mantener el buen ánimo de todos con sus menús. Mañana retomamos el trabajo con renovado ánimo, cosncientes de la importancia de esta empresa tanto para Rusia como para todos nosotros.

JAIME ALONSO DE VELASCO

Primera crónica desde Pushkin: hemos empezado con muchas ganas

Parecía una tierra normal aquella con la que se topó nuestro avión cuando logró atravesar la cortina de nubes que nos separaba del mundo. Parecía mentira que estuviéramos sobrevolando la antigua nación de los zares, de los soviets y desde hace diez años, la nación que desde el colegio Retamar hemos decidido cambiar.

El día 30 de junio llegamos al aeropuerto de San Petersburgo seis alumnos junto con don Alberto, para que realizar todos los preparativos. Nuestros nombres, Diego Zuloaga, José Manuel Cruz, Jaime de Gregorio, Jaime Pascual, Miguel Pérez y Jaime Alonso de Velasco. Pronto conocimos a don Quico, que lleva 17 años como párroco en la ciudad de Pushkin. Hasta que llegaron los demás, pudimos compartir mucho tiempo y varias comidas en las que conocimos la gastronomía rusa e historias de uno de los pocos hombres que sostienen la aún naciente Iglesia católica en este inmenso país.

Una de las cosas más difíciles en Rusia es la comunicación. Con un lenguaje gestual imaginativo, Google traductor y mucha paciencia es posible suplir nuestro escaso conocimiento de la lengua de Tolstoi y Dostoievski. Pronto surgieron las preguntas interesantes, propias de jóvenes con curiosidad y escasas horas de sueño: ¿Cuál es el perímetro de Rusia? ¿Y la esperanza de vida? ¿Es un mito que en Rusia hay muchos Dimitris? En la mayoría de los casos fueron contestadas con una carcajada.

El día D a la hora h (4 de julio a la 1 de la mañana) se escuchó el estruendo de la horda de maletas que se aproximaba lentamente a la residencia donde Jaime Pascual, Miguel Pérez, Diego Zuloaga y yo les aguardábamos con cierto nerviosismo. Los demás integrantes de la avanzadilla ya se habían instalado en el seminario y el barracón, los otros lugares del campo de trabajo, unos días antes.

Al día siguiente, después de vaciar varios boles gigantes de cereales y numerosos bricks de leche, tuvimos la primera Misa del campo de trabajo en Pushkin, celebrada por don Enrique Parada. Después comenzó el trabajo. Hemos comenzado diversas obras en la iglesia con una energía que ninguno de nosotros creía poseer. Ya empezamos a dominar la fabricación del hormigón, la destrucción de muros, la limpieza y traslado de escombros y los trabajos de conservación de vigas de madera.

El sábado trabajamos solo por la mañana y después nos trasladamos en metro a la ciudad de San Petersburgo, la ciudad de las noches blancas, que conserva en los muros de sus palacios e iglesias monumentales recuerdos de una historia con mayúsculas, escrita con la sangre y el fuego que aún tiñe el horizonte de la ciudad durante el largo ocaso enmarcado por el Puente de Palacio.

Hoy hemos acudido a la Misa dominical junto a los católicos rusos de los alrededores. Hasta las 6 de la tarde, el plan ha consistido en recorrer los inabarcables jardines de Catalina la Grande y Alejandro. Después ha habido un rato de deporte para algunos y de merecida siesta para otros. Durante estos días el ambiente ha sido envidiable, con un gran espíritu de servicio y de trabajo. Cabe destacar el papel de los cocineros, Javier Castañeda y Carlos Arocena en mantener el buen ánimo de todos con sus menús. Mañana retomamos el trabajo con renovado ánimo, cosncientes de la importancia de esta empresa tanto para Rusia como para todos nosotros.

JAIME ALONSO DE VELASCO