Todos juntos durante el fin de semana en Nazareth y Tiberíades

  • 16/06/2019

Al despuntar el alba, los primeros rayos de sol se cuelan tímidamente por la ventana. Sábado por la mañana. El joven árabe recuerda que toca trabajar. Se viste, desayuna y sale a la calle, donde los nazarenos más madrugadores abren sus comercios y algunos peregrinos se dirigen a los lugares religiosos más importantes. Tras sortear algún gato israelí con su moto antigua, llega a la frutería de su familia. Ocho y media de la mañana. Mientras corta sandía, los bocinazos y el inconfundible piar de un cuervo amenizan su labor.
Pronto se empieza a escuchar a lo lejos el sonido creciente del alboroto. A los pocos segundos, un grupo de jóvenes occidentales con pinta de españoles pasan frente a la frutería. Son unos sesenta. A juzgar por su aspecto físico, podrían ser recién graduados. Sí, unos dieciocho años, aunque la barba de algunos amenace con descuadrar la media. El árabe se sorprende al ver que unos cuatro de ellos parecen no tener apenas pelo. Qué raros son los occidentales. Pasan la frutería y entran en la Basílica de la Anunciación de Nazareth. Dicen no sé qué de Misa de nueve de la mañana. El joven árabe vuelve a su labor.
Al cabo de unos cinco minutos, pasan otros dos de los españoles corriendo por delante de la frutería, con pinta de tener prisa. Carlos de Abajo y Quico tienen cara de susto, sabiendo que esa noche les iba a caer pullita en la crónica. El árabe se detiene y los mira. Qué mal les queda el corte de pelo. Pasa otros tres minutos cortando sandía y otra vez el silencio se ve interrumpido por unas pisadas aceleradas. El pobre Jimbo llega tarde. Parece que a su forma física no le ha ayudado haber pasado tanto tiempo en el banquillo.
Poco a poco, van llegando los compradores de siempre: que si la abuelita que compra manzana, el franciscano que se hace con sandía para sus peregrinos, periodistas españoles… El joven árabe les atiende pacientemente a todos. Unos cuarenta minutos después, los jóvenes salen de la Basílica y se suben a un autobús rumbo al Monte Tabor, para visitar la iglesia de la Transfiguración. Un tal Navalpotro cuenta que estarían de vuelta en Nazareth a las 12. El árabe coge su moto e inicia su ronda de reparto de fruta a domicilio, confiando en tener poco trabajo, después de toda una semana trabajando. Por suerte para él, así fue, y a las 11:30 estaba de vuelta en la frutería. Durante la media hora de después, continúa monótonamente el rutinario trabajo. Los españoles eran tipos distintos. Quizás más alegres, o muy unidos entre sí. Bueno, no tan distintos. Santi Ortiz, Fer de Lucas y Guille Moreira tienen pantalones feos intentando imitar la moda local. Luis Soldevilla tiene una riñonera horrenda. Estos españoles serán muy amigos entre sí, pero Luis no tiene ninguno que le diga que se la quite. De todas formas, la actitud de los españoles le había llamado la atención.
Pasadas las 12, el autobús de los españoles regresa a la Basílica. El árabe observa cómo se bajan y se dispersan, con la idea en mente de acabar con todos los shawarma de Nazareth. Toñín deja pasar a todos primero y reparte sonrisas. Mientras el árabe observa cómo los españoles intentan negociar precios con sus compatriotas, los primeros se reparten en locales de comida. Domin se la juega a un shawarma con todos los ingredientes.
Después de comer, el árabe observa cómo algunos visitan en profundidad la Basílica de la Anunciación, las ruinas de la sinagoga de Nazareth y la casa de la Sagrada Familia. Dejando de lado el gusto de Jaime Lucaya por la cerveza, se imagina que todos rezan por sus familias en un lugar tan destacado. Seguro que todos los españoles han ofrecido horas de trabajo, o en su defecto horas de Polis, por su familia, amigos, profesores, conocidos que necesitan sus rezos… Si es que los campos de trabajo transforman.
Los jóvenes invierten su tarde libre en descansar, dar una vuelta o jugar al mus. Pedro Gómez-Villalba saca fotazas a algunos de ellos. El árabe cierra su frutería y encara la vuelta a casa dando vueltas a la cabeza. Estos españoles tienen que hacer mucho bien, en Tierra Santa y en su vida futura.
De vuelta a su residencia, los jóvenes comentan el accidentado viaje de Jerusalén a Nazareth. Hablan de la boda árabe que pretendía provocar cinco accidentes en la autopista, de los militares armados revisando el autobús… Llegan a la residencia y muchos se juegan unas timbas de mus. Asís en realidad no juega. Juegan con él. Trata de convencer a todos de que solo es mala suerte, y que los demás no saben jugar. Cree el ladrón que todos son de su condición. Por su parte, José Gefaell no hace más que palmar órdagos, pero tampoco es afortunado en amores. Se ha cargado el refranero.
Después de asistir al rezo del rosario en la Anunciación, hemos tenido una barbacoa todos juntos en la residencia. Entre el dominio de los fogones y las brasas de Pablo Belmonte y Jergas y la cara de niño Nenuco de Baltar, hemos celebrado la última noche juntos en Nazareth.
En cuanto al objetivo último del campo, convertirnos nosotros y ayudar a mejorar Tierra Santa, seguimos en ello. Confiamos en conseguirlo antes de que a Merino le salga bigote.
El sol se ha puesto, el árabe se habrá acostado ya, y nosotros nos disponemos a encarar la segunda semana de campo de trabajo.
SANTIAGO HERRERO-TEJEDOR

Todos juntos durante el fin de semana en Nazareth y Tiberíades

Al despuntar el alba, los primeros rayos de sol se cuelan tímidamente por la ventana. Sábado por la mañana. El joven árabe recuerda que toca trabajar. Se viste, desayuna y sale a la calle, donde los nazarenos más madrugadores abren sus comercios y algunos peregrinos se dirigen a los lugares religiosos más importantes. Tras sortear algún gato israelí con su moto antigua, llega a la frutería de su familia. Ocho y media de la mañana. Mientras corta sandía, los bocinazos y el inconfundible piar de un cuervo amenizan su labor.
Pronto se empieza a escuchar a lo lejos el sonido creciente del alboroto. A los pocos segundos, un grupo de jóvenes occidentales con pinta de españoles pasan frente a la frutería. Son unos sesenta. A juzgar por su aspecto físico, podrían ser recién graduados. Sí, unos dieciocho años, aunque la barba de algunos amenace con descuadrar la media. El árabe se sorprende al ver que unos cuatro de ellos parecen no tener apenas pelo. Qué raros son los occidentales. Pasan la frutería y entran en la Basílica de la Anunciación de Nazareth. Dicen no sé qué de Misa de nueve de la mañana. El joven árabe vuelve a su labor.
Al cabo de unos cinco minutos, pasan otros dos de los españoles corriendo por delante de la frutería, con pinta de tener prisa. Carlos de Abajo y Quico tienen cara de susto, sabiendo que esa noche les iba a caer pullita en la crónica. El árabe se detiene y los mira. Qué mal les queda el corte de pelo. Pasa otros tres minutos cortando sandía y otra vez el silencio se ve interrumpido por unas pisadas aceleradas. El pobre Jimbo llega tarde. Parece que a su forma física no le ha ayudado haber pasado tanto tiempo en el banquillo.
Poco a poco, van llegando los compradores de siempre: que si la abuelita que compra manzana, el franciscano que se hace con sandía para sus peregrinos, periodistas españoles… El joven árabe les atiende pacientemente a todos. Unos cuarenta minutos después, los jóvenes salen de la Basílica y se suben a un autobús rumbo al Monte Tabor, para visitar la iglesia de la Transfiguración. Un tal Navalpotro cuenta que estarían de vuelta en Nazareth a las 12. El árabe coge su moto e inicia su ronda de reparto de fruta a domicilio, confiando en tener poco trabajo, después de toda una semana trabajando. Por suerte para él, así fue, y a las 11:30 estaba de vuelta en la frutería. Durante la media hora de después, continúa monótonamente el rutinario trabajo. Los españoles eran tipos distintos. Quizás más alegres, o muy unidos entre sí. Bueno, no tan distintos. Santi Ortiz, Fer de Lucas y Guille Moreira tienen pantalones feos intentando imitar la moda local. Luis Soldevilla tiene una riñonera horrenda. Estos españoles serán muy amigos entre sí, pero Luis no tiene ninguno que le diga que se la quite. De todas formas, la actitud de los españoles le había llamado la atención.
Pasadas las 12, el autobús de los españoles regresa a la Basílica. El árabe observa cómo se bajan y se dispersan, con la idea en mente de acabar con todos los shawarma de Nazareth. Toñín deja pasar a todos primero y reparte sonrisas. Mientras el árabe observa cómo los españoles intentan negociar precios con sus compatriotas, los primeros se reparten en locales de comida. Domin se la juega a un shawarma con todos los ingredientes.
Después de comer, el árabe observa cómo algunos visitan en profundidad la Basílica de la Anunciación, las ruinas de la sinagoga de Nazareth y la casa de la Sagrada Familia. Dejando de lado el gusto de Jaime Lucaya por la cerveza, se imagina que todos rezan por sus familias en un lugar tan destacado. Seguro que todos los españoles han ofrecido horas de trabajo, o en su defecto horas de Polis, por su familia, amigos, profesores, conocidos que necesitan sus rezos… Si es que los campos de trabajo transforman.
Los jóvenes invierten su tarde libre en descansar, dar una vuelta o jugar al mus. Pedro Gómez-Villalba saca fotazas a algunos de ellos. El árabe cierra su frutería y encara la vuelta a casa dando vueltas a la cabeza. Estos españoles tienen que hacer mucho bien, en Tierra Santa y en su vida futura.
De vuelta a su residencia, los jóvenes comentan el accidentado viaje de Jerusalén a Nazareth. Hablan de la boda árabe que pretendía provocar cinco accidentes en la autopista, de los militares armados revisando el autobús… Llegan a la residencia y muchos se juegan unas timbas de mus. Asís en realidad no juega. Juegan con él. Trata de convencer a todos de que solo es mala suerte, y que los demás no saben jugar. Cree el ladrón que todos son de su condición. Por su parte, José Gefaell no hace más que palmar órdagos, pero tampoco es afortunado en amores. Se ha cargado el refranero.
Después de asistir al rezo del rosario en la Anunciación, hemos tenido una barbacoa todos juntos en la residencia. Entre el dominio de los fogones y las brasas de Pablo Belmonte y Jergas y la cara de niño Nenuco de Baltar, hemos celebrado la última noche juntos en Nazareth.
En cuanto al objetivo último del campo, convertirnos nosotros y ayudar a mejorar Tierra Santa, seguimos en ello. Confiamos en conseguirlo antes de que a Merino le salga bigote.
El sol se ha puesto, el árabe se habrá acostado ya, y nosotros nos disponemos a encarar la segunda semana de campo de trabajo.
SANTIAGO HERRERO-TEJEDOR