Última crónica desde Pushkin: «Ella sí lo recordará»

  • 29/07/2019

Las Noches Blancas Petersburguesas han ido muriendo con el paso del verano, avisando con su oscuridad creciente de que hasta lo más luminoso en la tierra tiene una fecha final. Parecía lejano el día de hoy cuando hace tres semanas nos lanzamos con ilusión a la primera jornada de trabajo. Todos recordamos con sonrisa paternal cómo nos ilusionábamos por coger la herramienta más grande o por derribar la mayor cantidad de estuco con un solo golpe.

Pero el martilleo constante de los días ha destilado esa ilusión hasta dejar en nosotros algo mucho más valioso: el afán por acabar lo que comenzamos semanas atrás. Hemos comprendido que la fatiga, por pesada que sea, se puede convertir en un gran tesoro si la empleamos como herramienta para construir algo capaz de alcanzar el mundo de lo eterno.
Sí, hoy hemos puesto fin a esos cimientos escritos en ruso, que nos permitirán a cada uno de nosotros continuar el edificio de nuestras vidas con una base profunda y que ayudarán a este país a alzar la mirada al cielo.

Los ladrillos de la escalera no recordarán que antes estaban ocultos por una fea capa de pintura blanca, que fueron lijados con paciencia infinita y posteriormente barnizados, para que conservaran siempre su brillo. No recordarán el nombre de personas como Fernando Núñez, Iñigo de Ocio, Jaime Huerta y Ricardo Gómez, que pasaron largas horas con el martillo, la lija o el pincel al son de la música del altavoz de Ignacio Maldonado.

La antecripta no recordará la costosa reparación de su techo, golpe a golpe de cincel y martillo a manos de Álvaro Moraga, Jaime Monte, Jaime Mandri, Carlos Gómez de Olea y muchos otros que han preferido permanecer en el anonimato. Tampoco recordará a los héroes que se quedaron hasta altas horas de la noche trabajando para cubrir su suelo con hormigón y que se merecen una mención especial: Facundo Vispo, Juan Díaz, Fernando Alfaro, Josemaría Díez de Rivera y Diego Zuloaga, guiados por el siempre disponible Andrei, nuestro jefe ruso y, ahora ya, nuestro amigo ruso.

Las dos nuevas capillas laterales no recordarán que hubo expertos albañiles que pintaron sus paredes y entre los que destaca Gonzalo Pinazo, experto también en cristales. Y no recordarán que sus cubreradiadores fueron construidos a mano por el arquitecto Miguel Pérez Tena, sus guantes de última generación y Sancho Eugi.

La sacristía no recordará la ingente cantidad de personas que día tras día se llenaron de polvo y cansancio en su interior, ni de que entre estas personas estaba uno de los grandes de este campo de trabajo, Luís Ríos, ya todo un veterano de guerra dispuesto incluso a romperse la camiseta para que las cosas salgan bien.

No recordará la valla interminable y antaño descolorida que  en lugar de crear división, fue un camino de acercamiento hacia nuestros hermanos ortodoxos. Son muchos los que vuelven a España manchados de verde. Todos ellos creyeron en que era posible acabar de pintar la valla de la iglesia ortodoxa, gracias a las arengas de Jaime Pascual, pero tendremos que esperar al año que viene para verla terminada. Al frente de este equipo ha estado Miguel Gómez y me ha pedido ver su nombre en esta crónica Bosco Castellanos, pintor infatigable.

No recordarán los jardines de Pushkin nuestras caminatas hacia la iglesia. No recordará el Spar nuestras compras de toneladas de cereales para el desayuno. No recordarán las escaleras de la residencia los discursos de don Alberto. No recordará el comedor nuestros gritos jugando a los Lobos. No recordarán las calles de San Petersburgo los pasos de quienes hemos hecho historia.

Pero hay quien sí recordará. Recordará el conductor de autobús nuestros entusiastas cánticos a la vuelta de San Petersburgo. Recordará la tendera del mercado las compras de cientos de albaricoques. Sistra Adela recordará nuestro desorden. Los parroquianos recordarán nuestra invasión en las misas de domingo. Don Quico recordará la gran transformación de la Iglesia… y la nuestra.

Y, sobre todo, nosotros recordaremos el país que expandió nuestro horizonte.

Y hay una Mujer que recordará todo sin que el paso de los siglos difumine su sonrisa. Alguien que pensó en todo esto cuando habló a tres pastores de la conversión de un país lejano en las sencillas tierras de Fátima.

JAIME ALONSO DE VELASCO

Última crónica desde Pushkin: «Ella sí lo recordará»

Las Noches Blancas Petersburguesas han ido muriendo con el paso del verano, avisando con su oscuridad creciente de que hasta lo más luminoso en la tierra tiene una fecha final. Parecía lejano el día de hoy cuando hace tres semanas nos lanzamos con ilusión a la primera jornada de trabajo. Todos recordamos con sonrisa paternal cómo nos ilusionábamos por coger la herramienta más grande o por derribar la mayor cantidad de estuco con un solo golpe.

Pero el martilleo constante de los días ha destilado esa ilusión hasta dejar en nosotros algo mucho más valioso: el afán por acabar lo que comenzamos semanas atrás. Hemos comprendido que la fatiga, por pesada que sea, se puede convertir en un gran tesoro si la empleamos como herramienta para construir algo capaz de alcanzar el mundo de lo eterno.
Sí, hoy hemos puesto fin a esos cimientos escritos en ruso, que nos permitirán a cada uno de nosotros continuar el edificio de nuestras vidas con una base profunda y que ayudarán a este país a alzar la mirada al cielo.

Los ladrillos de la escalera no recordarán que antes estaban ocultos por una fea capa de pintura blanca, que fueron lijados con paciencia infinita y posteriormente barnizados, para que conservaran siempre su brillo. No recordarán el nombre de personas como Fernando Núñez, Iñigo de Ocio, Jaime Huerta y Ricardo Gómez, que pasaron largas horas con el martillo, la lija o el pincel al son de la música del altavoz de Ignacio Maldonado.

La antecripta no recordará la costosa reparación de su techo, golpe a golpe de cincel y martillo a manos de Álvaro Moraga, Jaime Monte, Jaime Mandri, Carlos Gómez de Olea y muchos otros que han preferido permanecer en el anonimato. Tampoco recordará a los héroes que se quedaron hasta altas horas de la noche trabajando para cubrir su suelo con hormigón y que se merecen una mención especial: Facundo Vispo, Juan Díaz, Fernando Alfaro, Josemaría Díez de Rivera y Diego Zuloaga, guiados por el siempre disponible Andrei, nuestro jefe ruso y, ahora ya, nuestro amigo ruso.

Las dos nuevas capillas laterales no recordarán que hubo expertos albañiles que pintaron sus paredes y entre los que destaca Gonzalo Pinazo, experto también en cristales. Y no recordarán que sus cubreradiadores fueron construidos a mano por el arquitecto Miguel Pérez Tena, sus guantes de última generación y Sancho Eugi.

La sacristía no recordará la ingente cantidad de personas que día tras día se llenaron de polvo y cansancio en su interior, ni de que entre estas personas estaba uno de los grandes de este campo de trabajo, Luís Ríos, ya todo un veterano de guerra dispuesto incluso a romperse la camiseta para que las cosas salgan bien.

No recordará la valla interminable y antaño descolorida que  en lugar de crear división, fue un camino de acercamiento hacia nuestros hermanos ortodoxos. Son muchos los que vuelven a España manchados de verde. Todos ellos creyeron en que era posible acabar de pintar la valla de la iglesia ortodoxa, gracias a las arengas de Jaime Pascual, pero tendremos que esperar al año que viene para verla terminada. Al frente de este equipo ha estado Miguel Gómez y me ha pedido ver su nombre en esta crónica Bosco Castellanos, pintor infatigable.

No recordarán los jardines de Pushkin nuestras caminatas hacia la iglesia. No recordará el Spar nuestras compras de toneladas de cereales para el desayuno. No recordarán las escaleras de la residencia los discursos de don Alberto. No recordará el comedor nuestros gritos jugando a los Lobos. No recordarán las calles de San Petersburgo los pasos de quienes hemos hecho historia.

Pero hay quien sí recordará. Recordará el conductor de autobús nuestros entusiastas cánticos a la vuelta de San Petersburgo. Recordará la tendera del mercado las compras de cientos de albaricoques. Sistra Adela recordará nuestro desorden. Los parroquianos recordarán nuestra invasión en las misas de domingo. Don Quico recordará la gran transformación de la Iglesia… y la nuestra.

Y, sobre todo, nosotros recordaremos el país que expandió nuestro horizonte.

Y hay una Mujer que recordará todo sin que el paso de los siglos difumine su sonrisa. Alguien que pensó en todo esto cuando habló a tres pastores de la conversión de un país lejano en las sencillas tierras de Fátima.

JAIME ALONSO DE VELASCO