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Crónica 10 desde Sudáfrica: «Quid pro Quo»

  • 21/06/2022

Hoy, por fin, hemos vuelto al trabajo. No todos lo han cogido con las mismas ganas. Para otros ha sido su primer día de auténtico trabajo, como es el caso de Juan García Calaforra y Pablo Gómez de Olea, si bien es cierto que han cogido horario de funcionario y se han ido después de comer. Tiempo al tiempo.

Los murales avanzan a paso de gigante. El cemento no para de removerse y los desniveles ya están aplanados. Las hormigoneras y los rodillos para el que los quiera, aquí no nos hacen falta.

Ya avanzada la tarde hemos contado con la compañía de los niños del orfanato. Con ellos, también hay trabajo. Juegan con nosotros, nos “ayudan” en las distintas labores y nos calientan el espíritu. Sorprende la imagen de muchos de nosotros, nada niñeros, jugando con ellos como si llevásemos toda la vida juntos. No lo hacemos por compasión ni por saltarnos las tareas (bueno, algunos sí) sino porque, con su propia alegría, también nos están ayudando.

Es por sonrisas como aquellas y por intentar preservarlas por lo que gente como Bev, Brenton, Trisha o Monguese dedican su tiempo y esfuerzo. También nosotros venimos por eso, pero también con esa felicidad nos alegran a nosotros. En este caso, la ayuda va en dos direcciones.

La lástima es que esas sonrisas se atenúan o directamente desaparecen al salir del orfanato. La otra cara de la moneda la vieron ayer Álvaro Bravo, Rafael de Gregorio y Nacho Cuadrado cuando hicieron de “sombras” de los médicos del hospital local. De allí cuentan los estragos que hacen el VIH, la tuberculosis y las drogas. La gente acepta sin un gesto un diagnóstico terminal de una enfermedad que nosotros tenemos controlada o extinta. Otros, prefieren no tratarse para volver a sus casas y ser acogidos al calor del fuego griego que son las drogas.

Mejor quedarse con los pequeños gestos de seres diminutos en un mundo demasiado grande.

Rafa Gutiérrez de Cabiedes

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Crónica 10 desde Sudáfrica: «Quid pro Quo»

  • 21/06/2022

Hoy, por fin, hemos vuelto al trabajo. No todos lo han cogido con las mismas ganas. Para otros ha sido su primer día de auténtico trabajo, como es el caso de Juan García Calaforra y Pablo Gómez de Olea, si bien es cierto que han cogido horario de funcionario y se han ido después de comer. Tiempo al tiempo.

Los murales avanzan a paso de gigante. El cemento no para de removerse y los desniveles ya están aplanados. Las hormigoneras y los rodillos para el que los quiera, aquí no nos hacen falta.

Ya avanzada la tarde hemos contado con la compañía de los niños del orfanato. Con ellos, también hay trabajo. Juegan con nosotros, nos “ayudan” en las distintas labores y nos calientan el espíritu. Sorprende la imagen de muchos de nosotros, nada niñeros, jugando con ellos como si llevásemos toda la vida juntos. No lo hacemos por compasión ni por saltarnos las tareas (bueno, algunos sí) sino porque, con su propia alegría, también nos están ayudando.

Es por sonrisas como aquellas y por intentar preservarlas por lo que gente como Bev, Brenton, Trisha o Monguese dedican su tiempo y esfuerzo. También nosotros venimos por eso, pero también con esa felicidad nos alegran a nosotros. En este caso, la ayuda va en dos direcciones.

La lástima es que esas sonrisas se atenúan o directamente desaparecen al salir del orfanato. La otra cara de la moneda la vieron ayer Álvaro Bravo, Rafael de Gregorio y Nacho Cuadrado cuando hicieron de “sombras” de los médicos del hospital local. De allí cuentan los estragos que hacen el VIH, la tuberculosis y las drogas. La gente acepta sin un gesto un diagnóstico terminal de una enfermedad que nosotros tenemos controlada o extinta. Otros, prefieren no tratarse para volver a sus casas y ser acogidos al calor del fuego griego que son las drogas.

Mejor quedarse con los pequeños gestos de seres diminutos en un mundo demasiado grande.

Rafa Gutiérrez de Cabiedes